miss_jota: ([SPN] Sam&Dean_En_La_Cama)
[personal profile] miss_jota
Título: No es lugar para moñas

Fandom: SPN

Autoras: targaryen & irati

Pairing: Sam/Dean, NC17

Spoilers: Generales de la cuarta temporada.

Nota: No es crackfic. Aunque igual hemos saltado el tiburón. ¡Nunca se sabe! Para therealw, awesome friend and fic dealer (among many other shinny things) on the grand ocassion of her birthday. With much love. Tittle by Bette Davies, mostly. Old age, she said, is no place for sissies.

Sumario: Dean cumplió 41 hace tres semanas. No lo lleva muy bien.


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NO ES LUGAR PARA MOÑAS

[“Eres mi hermano y no hay nada que no haría por ti”. Sam. All Hell Breaks Loose 2]

***

No hay caza rutinaria. Sam lo escuchó todos los días de su vida cuando todavía no levantaba medio metro del suelo. “Dalo por seguro” decía John Winchester, cargando la escopeta con balas de sal, “dalo por seguro, hijo, y date por muerto”. Dean miraba a su padre con esos ojos con los que miran los hombres los milagros y Sam, incluso entonces, cuando era sólo un crío que temía a los monstruos que se esconden bajo la cama en lugar de salir a buscarlos, miraba a Dean, sin entender exactamente por qué sus vidas no eran como las de los demás, añorando por un segundo que no lo fueran. Entonces Dean se giraba y le miraba a él, sonriendo su sonrisa de felicidad casi maníaca. Decía “nos vamos de caza, Sammy” y en ese segundo de atención lo importante no era “nos vamos de caza”, lo importante era “Sammy”, la manera en la que su hermano le miraba y la sensación de estar atrapado en esa mirada, de ser lo más importante del mundo para Dean. O lo que era lo mismo, lo más importante del mundo y punto.

Una vez Sam tuvo en sus manos el destino del mundo y sin embargo, esa mirada, es lo que más poder le ha hecho sentir en su vida.

-¡Sam! ¡Detrás!

No hay caza rutinaria, o como suele decir Dean “no hay bicho bueno, no hay fantasma tonto y no hay poltergeist que no te toque los cojones”. En realidad, éste no les está haciendo ningún caso a sus cojones pero antes de que Sam reaccione a la alerta de su hermano, el poltergeist en cuestión le pone contra el suelo y le aprieta el cuello con manos invisibles hasta que Sam empieza a ver puntitos blancos en algún lugar del techo, más allá de la consciencia. Piensa “corre, Dean, coño” con el poco oxígeno que tiene en el cerebro y luego siente ese estruendo de la energía maligna cuando se destruye, esa descarga potente que ha oído tantas veces y que nunca dejará de ponerle la carne de gallina. Las manos desaparecen, vuelve a respirar de nuevo y ahí está Dean, dándole la mano para que se levante.

-¿Me puedes explicar qué coño les pasa a todos esos bichos para que no haya uno que no tenga ganas de ahogarte, Sam? Es como si a ellos también les jodiera que hablaras como si te hubieras desayunado el diccionario.

En realidad es una gran pregunta. Le encantaría saberlo. Pero le revienta que Dean se lo pregunte y que haya tenido que acabar con el poltergeist solo mientras él se quedaba sin aire en los pulmones. Sabe que si se mirara en un espejo se vería marcas rojas y que cuando se levante mañana tendrá moratones que no le podrá explicar a nadie. Sabe que a Dean no le gustan esos moratones. En parte porque le recuerdan que algo podría darles caza a ellos y mandarles a un agujero bajo tierra cualquier día. En parte porque los poltergeist del mundo no son los únicos que creen que el cuello de Sam Winchester es suyo.

Su hermano también lo piensa.

Dean se asegura primero de que está bien y respirando con normalidad. Después le sujeta la cabeza con la mano, como si tratara de calmar un caballo, acariciándole las marcas del estrangulamiento con los pulgares. Le mira con un poco de rabia, como si fuera culpa de Sam haberse dejado tocar. Sam ya conoce esa mirada, lo que significa y dónde les lleva siempre. En media hora estarán en la cama más cercana o en el Impala. Dean sudándole obscenidades al oído y lamiéndole el cuello hasta que a Sam le empiece a doler la polla, caliente y goteando, a punto de estallar.

-¿No será que en el fondo te va el rollo de la asfixia erótica, Sammy?

-Eres un viejo pervertido, Dean.

Elige las palabras a propósito porque sabe que Dean no lo soporta. Que se mira en el espejo y le joden las canas. Que no se pone las gafas aunque las necesite para leer los mapas. Que insiste en que no le duele la rodilla aunque hace años que Sam juraría que la oye crujir cuando Dean se agacha.

-¿A quién llamas viejo?

Lleva empalmado desde que Dean le ha tocado el cuello. No del todo pero un poco. Se siente pesado de cintura para abajo. Podría tenerla dura en cero coma. Y no le apetece esperar hasta la cama o el Impala. Le apetece aquí y ahora. Chinchar a Dean con el rollo de la edad es la forma más fácil de conseguirlo. Nunca falla.

-A ti.

-Repite eso.

-No pasa nada, Dean. Todo el mundo envejece. Dicen que para algunas cosas es mejor. Creo que ganas en sabiduría, que no te vendría mal. Pierdes potencia pero-

Es como accionar un mecanismo infalible. Dean le abrasa la boca con uno de esos besos incendiarios que a Sam le tienen enfermo de fiebre y en constante estado de lujuria desde hace quince años. Dean besa como un coche que descarrila, lengua y saliva, chupándole la lengua, abrasándole en vida y frotándose contra su cuerpo hasta que Sam gime y se arquea. Dean besa como si Sam se les estuviera escapando constantemente de las manos y Sam no se escapa pero se deja besar así porque dios, Dean, dios. Lo hacen allí mismo, en una mansión que lleva diez años en venta porque al primer dueño no le bastó con suicidarse, no, tuvo que matar a los siguientes tres propietarios. No hay cama, ni muebles, pero la cocina tiene encimera y a Dean no le importa que el suelo está frío. O mejor dicho, le importa –“puta cerámica de los cojones”- pero no le detiene –“Dean, si no me tocas ahora mismo me corro yo solo, te aviso”-.

Cuando se trata de esto que hacen, a Dean no le detiene nada. Ni la edad, ni la lesión de la rodilla, ni el suelo que está a diez putos grados.

-Si te corres tú solo, vas a sacarle provecho al porno de pago porque te vas a estar corriendo solo mucho, mucho tiempo, Sam.

No es verdad. Dean no podría pasar más de tres días sin tocarle ni aunque le fuera la vida en ello. Pero Sam finge que le cree, pone la mirada suplicante que nunca falla y levanta el culo del suelo hasta que la curva casi morada de su polla roza los labios de su hermano. Suplicar no falla –“Dean, por favor”- pero no lo hace por estrategia, lo hace porque realmente lo necesita. Dean le hace una de esas mamadas que a Sam no le ha hecho nadie más nunca, una sucia, llena de saliva, dolorosamente lenta, con los dedos dentro del culo, diciendo barbaridades cada vez que se separa.

-Me dan ganas de dejarte así solo por seguir viéndote esa cara. Irías hasta casa mojando los calzoncillos, sin poder cerrarte los pantalones de lo dura que la tienes. –Sam gruñe, a Dean le brillan los dientes-. Y cuando llegaras a casa, ¿sabes lo que pasaría? –Le da un beso escandalosamente bien dado donde Sam está empezando a llorar semen. Le besa la polla como besaría a una virgen adolescente a la que quiere bajarle las bragas-. Te diré lo que pasaría. Que te darían tres males porque dejé los platos sin lavar.

La boca de Dean está caliente y Sam embiste dentro, diciendo “te mato, es que te mato”.

ODIA que haya platos con costra mohosa en el fregadero cuando llega a casa después de cuatro días fuera. Es que LO ODIA.

***

[“Sammy, o termina sangriento, o termina triste. Así es la vida”. Dean, Chris Angel Is A Douchebag]

***

Dean cumplió 41 hace tres semanas.

No lo lleva muy bien.

- No tiene ningún sentido, Dean.

Sam piensa que es hilarante, por supuesto. Se está zampando un sándwich vegetal con pavo en nosequé pan de nombre pijo. Para Dean existen dos clases de pan. Está el normal, y todos los demás, que componen una unidad conocida como “el pan pijo”. Alguna vez, hace miles de años, probablemente poco después de Standford, Sam tuvo la desfachatez de intentar hablarle a Dean las diferencias entre panes.

- Está el de centeno, -decía, el muy sarasa,- el pan de maíz, hay pan sin sal, pan de salvado, el pan negro, el pan de cebada, hay pan dulce con pasas, está el pan con semillas de amapola…

Dean escuchó hasta “amapola” antes de subir el volumen de Motorhead para demostrarle a Sam cuánto, exactamente, le importaba esa información y cómo de patético, exactamente, le parecía que Sam supiera cosas que relacionaban el pan con las amapolas.

Santo Ozzy Osbourne, qué paciencia había que tener a veces.

- En serio, ningún sentido en absoluto –dice Sam ahora, y la mayonesa empapa el pan de semilla de tulipanes o lo que sea. Le mancha la comisura del labio, y Dean aprieta con suavidad la lata de cerveza que tiene en la mano para reprimir el impulso de limpiarle con el pulgar justo ahí.

- ¿Y eso por qué? –Le da un sorbo a la cerveza sin mucho entusiasmo. La depresión le quita hasta las ganas de beber, vaya mierda.

- Cumpliste los cuarenta el año pasado, y no te dio este ataque de hormonas, y eso que yo estaba convencido de que te daría algún tipo de síntoma de crisis de los cuarenta. Ya sabes, que te querrías comprar un deportivo –Dean debe poner cara de espanto supremo porque a Sam le sale una risa sin querer-, o liarte con una niña de instituto, -y Dean frunce los labios como considerando la idea y Sam le tira un pepinillo-. Pero lo llevaste bastante bien, y ahora, ¿la crisis de los 41, Dean, en serio?

Dean se encoge de hombros, mira por la ventana del restaurante a un padre metiendo a dos niños en un coche y no puede evitar sonreír un poco. Mira a Sam otra vez y hace su gesto universal de “meh”.

- Al menos los cuarenta tenían cierto carisma, ¿sabes? Pero los 41, ¿qué coño tienen? Nada.

Sam observa el plato de patatas fritas mientras les echa mayonesa. Habla con el tono de las cosas serias, pero no levanta la mirada del plato deliberadamente para que Dean no se sienta incómodo.

- 41 es uno más que 40. –Lo dice con la voz un poco ronca-. 41 está bien.

Dean sabe que lo que está diciendo. Lo que está diciendo “deberíamos celebrar cada cumpleaños, por muy estúpido que sea el número, porque con nuestro trabajo, con nuestras vidas, nunca se sabe si verás el estúpido número siguiente; pasaste, pasamos, un año entero pensando que no cumplirías los 30, y de hecho no los cumpliste y ahora tienes 41, así que alégrate, joder”.

Dean podría decir: “Sí, vale, igual tienes razón”, y darle el gusto a Sam. Igual que alguna vez podría ir a buscarle a la salida del trabajo, o irse de fin de semana a alguna ciudad cercana para ver jodidos museos, o probar alguna de esas ensaladas con brotes de soja y algas y esas mierdas que Sam les echa, pero no tiene porqué hacerlo porque Sam y él follarán como conejos, pero no son un puto matrimonio y Dean no tiene porqué hacer concesiones de matrimonio.

Así que no dice “Sí, vale, igual tienes razón”. Dice “qué raro eres, cojones, siempre echándole mayonesa a las patatas, ¿por qué no le echas ketchup como la gente normal?”

Sam abre mucho los ojos, parece sinceramente sorprendido.

- ¿Tú llevas casi 15 años follándote a tu hermano y yo soy el raro?

Siempre ha tenido esa estúpida lógica terrícola.

- Tú también llevas casi 15 años follándote a tu hermano y haces lo de la mayonesa. Eres más raro.

- No es raro, es europeo.

- Raaaaaarooooo.

- ¿Esto es un síntoma de la crisis de los 41, abuelo, protestar por las salsas?

- Ya veremos cuando llegues tú, que eres un pipiolo de 37. Seguro que te pasas el día sollozando como una nena.

- Cuando yo tenga 41, tú tendrás 45, Dean.

A veces Dean sospecha que Sam realmente es el Anticristo, el hijo de-

-Cállate de una vez, anda.

***

[“No sé, nunca he tenido un hogar”. Dean. Playthings]

***

La casa fue idea de Sam y vino tras lo que años después siguió considerándose como La Pelea.

Parecía una caza corriente, un demonio raso en un pueblo de Alabama. Habría pasado desapercibido para la mayoría de los cazadores pero Bobby Singer no era la mayoría de los cazadores y se limitó a mandarles con un “lo haría hasta un viejo como yo, pero tengo una muñeca escayolada” y un “no os llevará más de una tarde”. El demonio raso de Alabama resultó ser un demonio mayor intentando pasar desapercibido mientras reunía fuerzas para un golpe gordo. Resultó ser un hijodeputa condecorado con galones por el mismísimo Lucifer, y mandarle de vuelta al infierno no llevó una tarde, sino 50 horas sin dormir, una clavícula rota para Sam y ocho días de UCI para Dean, con más hemorragias internas de las que los médicos se molestaron en contar.

Sam estuvo a punto, a punto, de hacer otro trato con Dios, Satanás, los Ángeles, los Testigos de Jehová, o la Iglesia de la Cienciología. Con cualquiera que se hubiera presentado en su habitación del hospital para ofrecerse a salvar la vida de su hermano. Una hora más viendo cómo se debilitaba el pulso de Dean y lo habría hecho sin pestañear.

Una vez más, no fue necesario porque Dean empezó a remontar por sí solo, pero Sam dio con él, con ese punto dentro de sí mismo en el que todo se reducía a “ya basta”. “Hasta aquí” pensó, “hasta aquí y ni un puto milímetro más”.

La Pelea vino después de eso, ya fuera del hospital y con los dos aun vendados por seis sitios. Fue una pelea de poder a poder, Sam diciendo que lo sentía si eso significaba el fin de la vida que habían llevado hasta ahora, pero que no iba a consentir que volvieran a tentar a la muerte OTRA VEZ, Dean diciendo que quién coño era Sam para darle ultimatums sobre cómo vivir su vida.

- Es nuestra vida, Sam, ésta es nuestra vida.

- Pues si es nuestra vida vamos a decidir cambiarla, Dean, joder.

Se gritaron durante tres horas y luego se follaron como salvajes otras tres horas, y entonces vino el acuerdo.

Dean buscaría las cazas pero Sam las aprobaría. Dean dejaría de doblar sus propias escenas de acción. Sam dejaría de chupar limones veinticuatro horas al día.

(“Hay que poner condiciones serias”.

“Te lo aseguro, Sam, esa es una condición MUY seria”)

Habría cosas como días libres, cosas como vacaciones.

Y habría una casa.

- ¿Es porque quieres tener una cubertería de plata buena para cuando vengan los invitados, Sammy?

- Es porque quiero follarte dos veces en el mismo sitio.

- Ya me has…

- El coche no cuenta, Dean.

Y así vino la casa.

***

Costó un poco encontrarla.

***

- Demasiado grande, Sam.

- Vale.

***

- Demasiado pequeña, Sammy. ¿Has visto esa mierda de garaje? Medio coche dormiría en la calle.

- Vale.

***

-Tío, no voy a levantarme por las mañanas y ver una jodida fábrica desde la ventana. Me niego.

- Está bien.

***

- Sam, creo que el vecino de al lado es un taxidermista psicópata.

- No pasa nada, buscaremos otra.

***

- ¿Maine? ¿En serio, el PUTO MAINE?

- Vale.

***

- Habrá que arreglar el tejado durante el verano.

Y Sam sonrió.

***

La primera vez que follaron en la casa nueva fue delante de la chimenea y Dean iba a hacer un chiste sobre novelas de portada rosa, y tías con pelucones que dicen cosas como “su virilidad incipiente”, pero tenía la polla de su hermano haciendo un serio esfuerzo por partirle por la mitad, así que se dejó de chistes y se concentró en no perder completamente la compostura. Sentía la moqueta quemándole la piel de los hombros con el retroceso de cada embestida, sentía las manos de Sam como trampas anclándole las caderas al suelo, y sólo podía pensar en incorporarse y lamerle a su hermano el sudor de la barbilla. Sentía el orgasmo formándose en la boca del estómago, cada golpe de la pelvis de Sam contra el culo una descarga de electricidad que le retumbaba en las vértebras, y en un momento en que le tenía completamente dentro (DiosSamputogiganteSamSAM) apretó los dientes, apretó el culo y Sam jadeó “Dean”, medio sorprendido, medio admirado, y se corrió, estertores largos e irregulares dentro de su cuerpo, y Dean sólo tuvo que tocarse dos veces para mancharse de blanco la tripa, la cabeza hacia atrás, las manos ciegas buscando piel de Sam donde agarrarse mientras bajaba de la ola.

Sam se tumbó junto a él resoplando, sonriendo, murmurando “cabrón… jodido… fantástico cabrón”, poniéndole la boca abierta en el cuello, sin besarle o morderle, sólo dejándola ahí, húmeda y caliente.

Pasó un rato antes de que lograra hablar con normalidad.

- ¿Ya estás contento, Sammy?

Sam tenía los ojos cerrados y una pierna encima de la tripa de Dean, sin importarle que estuviera sudada o pegajosa. Abrió los ojos y apartó la boca del cuello de Dean.

- Dije “dos veces en el mismo sitio”, ¿nunca te enseñaron a contar? – Le dio la vuelta a Dean como se da la vuelta a una baraja de cartas.

Puto crío caprichoso.

***

[“No es comida, Dean. Es darwinismo”. Sam. Tall Tales]

***

Cada vez que van al super (Dean odia la expresión "ir al super" prefiero llamarlo “tarea de avituallamiento” pero cada vez que van) Sam lleva una lista detallada de lo que hay que comprar (porque Sam tiene desorden compulsivo obsesivo). Compara los precios de cada producto en relación a la cantidad que ofrecen para quedarse con el que tiene mejor relación calidad-precio y se fija en los ingredientes para vigilar el contenido de grasas saturadas de lo que comen (porque Sam tiene desorden compulsivo obsesivo y porque vio demasiado "Un médico precoz" de crío).

Cuando llena el carro, se fija en todo lo que ha ido metiendo Dean, pone cara de desaprobación (bastante graciosa, la verdad) y se dedica a volver a dejarlo todo en su estantería (porque Sam tiene un desorden compulsivo obsesivo, vio demasiado "Un médico precoz" de crío y es el mayor aguafiestas de la historia).

-Tengo 41 años. ¿No puedo escoger mis propios cereales a los 41 años?

-¿Realmente quieres que en tu lápida ponga "Dean Winchester, le mató el colesterol"?

-No te irrites, Samuel. En mi lápida pondrá "Dean Winchester, el hermano guapo". Asúmelo.

Cada vez que van al supermercado (no, en serio, odia la expresión, suena a marujas aburridas), ocurre exactamente lo mismo. Llenan el carro de soja hidrolizada o macarrones para anoréxicos o lo que sea y la chica de la caja se ahoga en babas por Sam. La chica de la caja lleva años cambiando de cara y de nombre porque nadie aguanta mucho en ese trabajo pero siempre es una chica, siempre acaba de cumplir la edad legal para trabajar y siempre, SIEMPRE mira a Sam como si quisiera hacerle un altar a su polla. Sí, señor, Sam Winchester, a los 37 años es un radar para vírgenes con ortodoncia y si Dean no fuera un tío maduro y con los pies en el suelo, a lo mejor hasta la molestaría. Por suerte Dean es un tío maduro, con los pies en el suelo y que no está casado con Sam. Ya es bastante raro ser hermanos que follan, ponerse celoso sería cruzar demasiadas rayas.

Las últimas semanas la chica en cuestión es alta como un demonio y tiene una sonrisa que le da tres vueltas a la cara.

-Hola, Cass.

Ni qué decir tiene que Sam siempre se sabe el nombre de la cajera en cuestión. Dean estuvo presente cuando ésta en concreto le dijo "me llamo Cassandra" y Sam soltó aquello sobre mitología griega y el significado de BLABLABLA Dean Dejó De Escuchar BLABLABLA y la pobre empezó a hormonar tanto que casi se queda preñada allí mismo.

-Hey. -Se le corta un poco la respiración-. Sam. -Dice "Sam" con la misma vehemencia con la que los peregrinos dijeron "América". Más o menos-. Leí el libro que me dijiste.

Hablan mucho de libros, normalmente. Es lógico: Sam no está feliz si no le huelen los dedos a imprenta y ella debe tener un montón de lecturas obligatorias en el instituto. Porque sí, sí, señor, Sam gusta a las niñas que van al instituto. Es más, las niñas que van al instituto creen que Sam es chocolate a la taza y quieren beber hasta hartarse de un sólo trago. Qué te parece eso.

-¿Tan rápido, en serio? Eran seiscientas páginas.

-Es que me encantó.

Dean tamborilea con los dedos esperando a que Cassandra le meta la lengua a Sam hasta las amígdalas para que su hermano vaya a la cárcel por estupro. Eso, o que termine de cobrarles, lo que a la señorita le parezca más sensato. Lo único que quiere él es llegar a casa, abrir uno de esos botellines de cerveza y encerar el Impala. Pero a este ritmo, está difícil. Así que tose. Sutilmente. La chica le ignora. Sam le mira con esa mirada que puede exorcizar un demonio. Hay que joderse, ¿ahora te enfadas tú? Pero si la chavala tiene trece años.

Trece, diecisiete. Qué más da. Tetas pequeñas y firmes, piernas largas y suaves. Seguramente quiere abrazar a Sam con ellas y sujetarle el pelo con las manos. Sentada en la caja, fijo que se imagina la lengua de Sam comiéndole despacio todo lo que se le derrite sólo con pensar en él. Probablemente se va a la cama pensando en ello y no se duerme hasta que no tiene los dedos mojados y calientes dentro de las bragas. Miss Instituto, suspirando el nombre de Sam contra la almohada.

-Dean. Que si quieres coger eso o espero a que me crezca otro brazo.

La comida ya está en las bolsas, Sam tiene los brazos ocupados y le mira como si le hubiera salido un tercer ojo en la frente, repitiendo "¿Dean?" como si Dean fuera un niño retrasado. Como no lo es, pone la peor sonrisa que tiene y la envía en dirección a la cajera. En realidad no tiene pensado decir eso, en serio que no, pero le sale sin pensarlo. Suelta “ya ves, cariño, no sabe hacer nada sin mí” y la cara de la chavala, literalmente, se desfigura. Es la misma cara que ponen siempre todas las cajeras. La cara de “eewww, eres un viejo pervertido”. Lo de pervertido no le importa pero lo viejo le toca los cojones.

Se marcha al coche refunfuñando.

Sam se queda diciéndole adiós a Miss Fan de Sam Winchester Adolescente y pone su sonrisa de “perdónale, se cayó mucho de la cuna cuando era pequeño”. Dean arranca el coche pensando que no es justo. Solía tener mano con las chavalas. En serio, mucha mano. Intenta averiguar cuándo fue el momento exacto en que decir “¿cómo va la cosa, ricura?” dejó de ser encantador para pasar a ser grimoso. Puta evolución de los rituales de cortejo o lo que coño sea.

-Nunca entenderé por qué vienes al super si lo odias, Dean.

No se puede decir que Sam dé un portazo al entrar al coche porque Sam ya sabe que la santísima trinidad testítulos-polla corre peligro si lo hace pero digamos que no trata al coche con la suavidad que se merece una máquina perfecta de más de sesenta años.

-Si quieres no vengo y así puedes ir con tu novia al parque para comer pipas y montar en los columpios.

Se arrepiente nada más decirlo. Le suena patético y celoso incluso a él.

-Hay una larga, larga, LARGA lista de cosas por las que esa frase es repugnante pero déjame señalar la más obvia y es que tiene dieciséis años, Dean.

Siempre que van al super Sam acaba recitando la ley de menores y la quinta enmienda y el episodio aquel de Futurama de la abogada soltera y la cuarta temporada de Perry Mason y Dean deja de escuchar cuando empieza con el rollo de que ellas simplemente quieren conversación porque no será él el que le diga que no es eso. No es eso para nada. Las chicas que todavía no han dejado de leer novelas de tapas blandas, creen que Sam es ese tío que las protegería de cualquier mal, ese tío que confiaría en ellas, les ayudaría a ser más fuertes, les haría el amor los domingos por la mañana y nunca se corrompería y siempre haría cualquier cosa por ellas. Miran a Sam y ven la voz modulada y los impecables modales con las mujeres de John Winchester y las manos como palas y esa sonrisa luminosa y esa mirada que tiene demasiado fuego para ser inofensiva. Le ven y saben que Sam es un poquito egoísta y un poquito malcriado. Saben que las llevaría a cenar y al cine y las besaría suavecito en la puerta de casa. Saben que sería educado y nunca daría el primer paso pero en última instancia, cuando cerraran las piernas porque son vírgenes y están nerviosas, les diría “no, no, no, cariño, ahora no puedes decirme que no” y las abriría con dedos (dos dedos y hasta dentro así, Sam, por favor) y las abriría con la lengua (tubocaSammevoyacorrerentuboca) y las abriría con esas embestidas perfectas. Diría “cariño, ¿no ves que solo puedo pensar en follarte?” y no podrían resistirse porque Sam no les dejaría.

Ellas, todas ellas, lo saben.

Y las mamarrachas tienen toda la razón del mundo.

Cuando llegan a casa Dean le da a Sam como trece segundos para dejar las bolsas en la cocina. Luego le saca los pantalones casi-casi a puñetazos. Quiere tirárselo contra la pared más cercana, viendo cómo se flexionan los músculos de su espalda. Pero le sube el calor demasiado pronto y acaba usando sólo la mano. Una paja rabiosa y un mordisco profundo en el cuello.

***

[“No queremos ser normales, señor. Queremos esto”. Sam. Everybody loves a clown]

***

La casa tiene dos habitaciones. En la habitación de Dean entra la luz a primera hora de la mañana. Es más grande, con más espacio en el armario y una de esas camas de matrimonio fabricadas en el culo de Texas o lo que sea, dos metros diez de ancho, ahí es nada. Es lógico que cada vez que Bobby llega para pasar unos días, Sam y Dean compartan esa habitación y él se quede en la de Sam.

La primera vez que vino de visita dijo “puedo dormir en el sofá” pero Sam insistió, Dean le dijo que no fuera idiota y Bobby se instaló sin más protestas. Cazaron, tomaron cervezas y cuando Bobby se fue a la cama le dijo a Dean que tomara ejemplo de su hermano, que tenía la habitación impecablemente limpia y ordenada. No como él, que Jesús bendito, hijo, tenía ropa por el suelo y parecía que se había criado en una cuadra.

-Mi ropa –Dean refunfuñó esa noche en la cama, buscando postura a oscuras-. Hay que joderse que me eche la bronca por mi ropa cuando son tus calzoncillos sucios los que un día van a echar a andar. En lugar de hacer la colada deberías echarles sal, creo que están muertos y poseídos.

Sam hizo vibrar la cama con su risa y después hizo vibrar la cama con su cuerpo, procurando no dar golpes fuertes contra la pared para no despertar a Bobby. Dean no quiso, ¿estás enfermo? ¿te pone hacerlo con Bobby en la habitación de al lado? Porque una cosa es el incesto pero esto ya es desagradable. Pero Sam quiso. Ya lo creo que Sam quiso. Ssshh, te va a oír, Dean. Pues quita esa zarpa tuya de mi polla. No quiero. Lo hicieron a oscuras. Lo hicieron caliente, susurrando y a oscuras. Calzoncillos en el suelo, camisetas puestas, sin tiempo para desnudarse del todo, como adolescentes que no quieren despertar a los mayores. Sam le tapó la boca con la mano a su hermano y Dean le mordió con rabia porque no pensaba hacer ruido y era perfectamente capaz de controlarse, muchas gracias. Se enfadaron como hermanos mientras se frotaban a destiempo. No necesito que me amordaces, Sam. No hace falta que me muerdas, Dean. Pero Dean se imaginó amordazado y a merced de Sam y tuvo que pensar en la madre de Bobby para no correrse. Sam le mordió los labios tienes unos labios increíbles, ¿te lo había dicho? Sí, cuando me escribiste aquel poema, no te jode. Le mordió el cuello, le mordió el pecho, le mordió dentro de las piernas, le mordió el culo hasta que le sacó un gemido. Dean, en serio, si Bobby entra en esta habitación porque cree que nos están atacando y tiene un infarto, será culpa tuya. ¿Mía? Me has metido la lengua en el culo, joder. Lo único que se les ocurrió para poder follarse y estar callados fue idea de Sam, qué raro. Dijo date la vuelta y se hicieron un ocho en la cama. Sam se metió a su hermano hasta la garganta y Dean se dejó comer con las piernas medio abiertas y la lengua fuera, devolviéndole la mamada como podía. Por supuesto, se aplicaba la regla del 69: el primero en correrse, hace la comida y friega durante dos semanas. Aguantaron los dos más tiempo del que creían poder aguantar por pura competitividad y por cabezonería y luego se pasaron dos semanas discutiendo quién había ganado y quién había perdido. Dean, te corriste primero, perdiste, ¿qué es tan difícil de entender? Dean no estaba de acuerdo. Con la mano. Me hiciste terminar con la mano. No vale, Sammy. Técnicamente no es una mamada, no vale. Fueron dos semanas de comer fuera y no fregar un plato hasta que Sam claudicó. Más o menos. Oye, puede que no pudiera más, pero es muy difícil hacer una mamada cuando te están haciendo una con los mejores labios del mundo. Excusas, Sammy.

Cuando Bobby se marchó le dijo a Sam “ya tienes tu cuarto de nuevo, hijo”. Sam cambió las sábanas, puso unas limpias y no se acordó ni de ventilar la habitación hasta la siguiente visita. A veces discuten y Dean le dice “vete a tu cuarto, anda” y siempre se lo encuentra en la habitación más grande, en la que da el sol por la mañana.

En la habitación que supuestamente es de Sam sólo duermen las visitas.

***

[“Y por eso, exactamente, es por lo que nunca echas un polvo”. Dean. Hellhouse]

***

Cuando se mudaron Dean fundó un club de fans. En realidad Dean no sabe que existe pero Sam, ah sí, Sam sabe que existe. Dean no es el presidente, no es el tesorero y ni siquiera es miembro. En este club, Dean es el equivalente al niño Jesús en el Vaticano. Está ahí para que se le adore. Y punto. Más que un club y para ser justos, se trata de un culto. El culto a Dean. Está liderado por mujeres cuarentonas (no exclusivamente pero sobre todo) que se aburren viendo demasiada televisión por las tardes. No les une nada excepto Dean. Seguramente algunas ni se conocen entre ellas, más allá de haberse visto haciendo la compra alguna vez o paseando a los niños en el parqué. Pero todas son seguidoras de Dean. Creen en él como cura para sus insatisfacciones y si Dean sorteara el derecho de lamerle los zapatos (por no hablar de otras cosas), harían cola a sus pies (para ver si con un poco de suerte acaban lamiendo algo más).

La primera a la que Sam conoció (Susan, 38 años, dos divorcios, adicta al spinning, le gusta Oprah), vino por casa como al de una semana de que se hubieran mudado. Era septiembre, todavía hacía calor. Dean llevaba una semana bajando y subiendo del tejado, con vaqueros agujereados y pecas por todas partes. Susan debió pensar que era sutil cuando trajo pastel. O tal vez no le importaba ser sutil. Dean, desde luego, agradeció el pastel como si el mundo empezara y acabara en aquel bizcocho de chocolate y de crema montada.

-Sammmmmmmmmmmm –se relamió como si estuviera haciendo pruebas para una porno-. Tienes que probar esto, te lo juro.

¿Te ha traído crema montada? Qué sutil.

-¿Por qué te ha traído comida?

-Buena vecindad.

Si la incredulidad se midiera en onzas la cara de Sam habría medido aproximadamente siete toneladas.

-Quería ser simpática, Sammy. Sé bueno con la señora de los pasteles.

La señora de los pasteles le caía mal y le reventaba que después de años negándose y meses protestando ante la idea de una casa, Dean ya se hubiera convertido en el Nuevo y Apetecible Polvo del vecindario, pero no dijo nada. En parte para no darle la satisfacción pero sobre todo porque Dean dijo “ven aquí, anda, tienes algo en la cara” y le manchó los labios con un dedo embadurnado en nata. Hasta ese día Sam siempre pensó de sí mismo que era más de salado que de dulce pero Dean le fue follando la boca despacio, mezclando chocolate y lengua, untando y relamiendo nata y cambió bastante rápido de opinión. Se dejó comer el cuello hasta que crujió el azúcar y Dean le llenó la tripa de crema y con los labios manchados le dio besos indecentes en la polla. Entonces empezó con aquellos mmmm y aquellos sabes a azúcar, Sammy y Sam tuvo que sujetarse a la mesa para no correrse inmediatamente. Se sentía pulsante, Dean se la comía como si la tuviera de caramelo, dentro y fuera despacio, besándola todo el tiempo, con la boca tan caliente que Sam pensó que se le iba a derretir la polla y convertirse en almíbar dentro de sus labios. Se corrió pegajoso, sintiendo el culo vacío y la cabeza pesada. Comerle la boca a Dean justo después fue el mejor subidón de azúcar de su vida. Dijo “cuarto, ahora, follar” y no volvió a pensar en la señorita Pastel de Crema Montada hasta que Susan se convirtió en Rebeca (que trajo madalenas) y Rebeca se convirtió en Aurora (nombre ridículo, trajo mousse) y Aurora se convirtió en Samantha (nombre intolerable, trajo bollos).

Hay días que lo disimula mejor. Pero hay días que cuando Dean cierra la puerta (“gracias por las trufas, Carol, encanto.¡Saluda a Tony de mi parte!”) no quiere, no puede, levantar la vista del libro que finge leer, o Dean notará lo que le pasa y Sam se niega a volver a tener otra vez la misma conversación de “No sé qué hay de malo en ser cordial con los vecinos y por cierto Sam, la última vez que me miré el dedo, no había ningún anillo”. No levanta la vista del libro y aun así, Dean puede leerle sin verle la cara, porque Sam nota como se deja caer en la puerta cerrada, le oye suspirar exagerado, y dice:

- Eres capullo.

- Perdona, no te oía, estaba leye…

Dean se limita a ignorarlo. Sam haría lo mismo si Dean le mintiera tan descaradamente.

- Eres capullo porque sabes perfectamente en cuántos sitios he metido la polla en los últimos quince años, así que no tienes que portarte como una novia despechada.

Elaborar una explicación de lo que le pasa le llevaría toda la tarde y Sam, sinceramente, no está de humor, así que intenta disimular “No es nada, es que me duele la cabeza. Me voy a leer arriba.” y deja a Dean protestando sin verdadero enfado.

- ¡Pero si son todos sitios tuyos, Sammy!

Dean, con 41 años, canas suavemente plateadas, eterna sombra de barba, metro ochenta, labios carnosos, piernas de vaquero, coche negro metalizado, culo prieto dentro de los vaqueros, “buenos días, guapa” para todo, rugido de voz, el estómago todavía plano, perfil griego, pecas en la nariz, ojos verde líquido, sonrisa canalla y una blasfemia cada frase y media representa para el club de solitarias, esperanzadas, desesperanzadas y (simplemente) salidas del pueblo una cosa muy sencilla: una fantasía, una vía de escape, una aventura, la posibilidad de oír guarradas durante el sexo, echar un polvo fabuloso mientras está fuera el marido y contarles a sus amigas que le hicieron allí mismo y contra la nevera.

Sam no tiene ningún problema en que fantaseen todo lo que quieran.

Pero le encantaría que no lo hicieran con su hermano.

En especial, porque conoce bien los polvos que Dean te echa contra la nevera.

Y son espectaculares.

Pero son suyos.

***

[“Tuve un pésimo orientador en secundaria”. Sam. Asylum]

***

Todo fue por casualidad. Casualidad, mentiras, una vida de ilegalidades y la conciencia profunda de ser prófugos, al margen de las reglas. Fue por eso por lo que Sam acabó en el instituto.

Poco después de que se mudaran Sam fue a echar un vistazo a la biblioteca del pueblo y acabó hablando con una vecina que quería saber si ya se habían adaptado. Le preguntó qué hacía y Sam dijo que era orientador escolar pero se estaba tomando un año sabático. Tiene gracia que se le ocurriera precisamente eso. Al menos a él le hizo gracia. El día anterior Dean había dicho “cuando ingresaste en la facultad, ¿pensabas en la escuela de derecho desde el principio?” y Sam se quedó callado un rato, queriendo contestar la verdad –era tan raro que Dean preguntara sobre Stanford en lugar de ignorarlo, era tan raro que Dean preguntara sobre cualquier cosa.- pero sin saber exactamente cuál era la verdad porque hacía tanto tiempo de aquello que parecía otra vida. Al final acabó recordando que había sopesado varias opciones. Ser maestro, entre ellas. Puede que por aquel tipo que le dijo “sé lo que quieras” en el instituto. Puede que por otra cosa. Pero se lo pensó.

-Puede que porque eres un listillo –dijo Dean. Con la sonrisa de los colmillos afilados-. Siempre dando lecciones, Sammy.

Te voy a dar a ti una, pensó.

-¿Quieres que te enseñe algo? –dijo y abrió las piernas en el sofá.

Se dieron una allí mismo. Bastante bien dada, por cierto.

Luego resultó que la tipa de la biblioteca no era la tipa de la biblioteca, sino la directora del instituto. Resultó que Sam le había encantado (Dean dijo “qué sorpresa, el pequeño Sammy Winchester volviendo locas a las empollonas, cómo ha podido pasar otra vez”). Resultó que le ofreció trabajo. Tenía sus alumnos problemáticos, como en todos los institutos del mundo, tuvo la intuición de que Sam sería bueno con ellos. Naturalmente Sam dijo que no. Pensó que Dean le apoyaría pero Dean se limitó a encogerse de hombros, “serías bueno con ellos, si alguien sabe lo que es ser insoportable a los quince eres tú”. Después del inevitable “ja ja, qué gracioso”, discutieron sobre el asunto.

-Siempre has querido un trabajo, Sam.

No parecía especialmente contento por decirlo. Tampoco especialmente dolido. Parecía resignado.

-Tú y yo cazamos, ése es mi trabajo.

Era cierto. No es que no hubiera querido otras cosas, tiempo atrás. Pero ya no. ¿Verdad?

-No, Sam. Nuestro trabajo es ayudar. Y si esos chavales necesitan ayuda…

Cuando Sam dijo que podría intentarlo, la directora estuvo encantada. Los chavales al principio no pero luego acabaron respondiendo a alguien que sabía exactamente cuántas razones tenían para estar enfadados. Todavía se le hace raro que las chicas le llamen “señor Winchester” en los pasillos. Le da ganas de girarse y buscar a su padre. La primera noche que se metió en la cama con Dean después de un día de trabajo no relacionado con la caza le sintió respirar un poco enrarecido, como si hubiera niebla entre ambos, el miedo a que las cosas cambiaran. No sabía que decirle. Quería decirle “gracias”. Sólo eso. Gracias. Pero no era eso lo que Dean necesitaba oír. Necesitaba oír “no me voy a ir, no voy a arrepentirme de esta vida contigo, por muchas cosas que tuviera, sino te tuviera a ti, me aniquilaría la pena”. No sabía cómo decírselo. Podría haberle dicho “no he añorado nunca una vida más tranquila, más segura” pero habría sido mentira. Podría haberle dicho “me alegro de cazar, de las vidas que salvamos” pero Dean eso ya lo sabía. Dijo otra cosa.

-¿Qué crees que pensarían de mí en la junta del colegio si supieran que el mejor sexo de mi vida lo he tenido con mi hermano?

Notó que la niebla se dispersaba. Dean se incorporó, se pegó a su cuerpo, se lamió los labios primero y luego se los lamió a él. “El mejor, ¿huh?” Sam por lo general estaba en contra de darle motivos para hincharse como un pavo pero fue su manera de decir gracias, me quedo, te quiero, “¿me haces una mamada o qué?”.

-Este crío –dijo Dean, y ya se estaba agachando-, siempre pidiendo.

Sam se estiró en la cama como los gatos, se la cogió en la mano para acercarla a los labios de Dean, se la ofreció como diciendo “venga, vamos” y le mojó los labios con ella, mientras Dean ronroneaba, sacaba la lengua y se la lamía un poco, alargando el momento de cogerla en la boca y hacerla caramelo.

***

[“Salvar gente, cazar monstruos. El negocio familiar”. Dean. Wendigo]

***

En pueblos pequeños así, uno acaba por llamarse Derek, el del bar; Moe, el de la gasolinera o Sam, el del instituto. El tipo que reta a Dean al billar de vez en cuando, les invita a cervezas y es fan acérrimo de cualquier deporte que emitan por televisión (incluyendo aunque no limitándose a la lucha mexicana y los campeonatos de bolos) se llama Jeremy pero por algún motivo, Dean siempre se refiere a él como Jeremy, el fontanero. No es que le hayan pedido que les arregle una tubería en su vida, Dean sabe arreglar sólo cualquier cosa que se estropee pero llamarle solamente Jeremy no les entra en la cabeza.

-Dean –dice Sam un martes por la mañana, mirando por la ventana de la cocina-, llega Jeremy el fontanero.

-¿Huh?

-Debe venir a verte.

Podría decir “debe venir a vernos” pero Sam sabe lo mismo de deportes profesionales que de la cría del visón en cautividad y suele ser Dean el que le da conversación normalmente. No es que Jeremy le caiga mal pero sospecha que el tipo no se fía de él. Pasa a veces. Hay gente con la que los dos se llevan bien pero también esos otros que se llevan bien con uno de ellos y miran al otro como diciendo “¿y tú de qué rollo vas?”

-Dean.

Dean está entretenido echándole a su café negro sus trescientas cucharadas de azúcar habituales.

-Voy.

Sam se fija en la manera de caminar de Jeremy. Uno ochenta de tío, buenos modales, parece relajado y trae su caña de pescar. Le prometió a Dean que le enseñaría a pescar.

-No. Ya voy yo.

Abre la puerta antes de que toque el timbre.

-Hey. Sam. ¿Te apuntas a coger un salmón más grande que un brazo tuyo?

Sam sonríe.

-Creo que paso. Pero Dean te está esperando.

De hecho, Dean está ya detrás de Sam. No lleva aparejos y no está preparado para salir. Jeremy dice “vamos a llegar tarde” y pone un pie dentro de la casa. O mejor dicho trata de poner un pie dentro de la casa. En cuanto intenta cruzar el umbral, su expresión se desfigura un segundo: ojos negros que no encuentran asiento en su cara, un movimiento inhumanamente rápido de sus facciones. Detenido frente a la puerta por una fuerza invisible. Un hechizo contra fuerzas sobrenaturales que a Sam le llevó años encontrar. No se conformaba con una casa. Quería una casa segura.

-¿Te crees que somos idiotas?

El demonio que ha poseído a Jeremy trata de retroceder un paso cuando ve que no puede avanzar. Pero tampoco puede salir del porche. Se lo impide la cruz de Salomón que Dean construyó con hierro bendecido alrededor de los pilares, a dos palmos bajo tierra.

-¿Pensabas que ibas a entrar aquí y listo? –Sam parece enfadado. Podría levantar una mano y obligar al demonio a salir de ese cuerpo pero hicieron un trato respecto a sus poderes hace muchos años y se limita a exorcizarlo allí mismo y mandarle al infierno-. Di ahí abajo que se esfuercen un poco más. Somos los Winchester, idiota.

Les cuesta un poco explicarle a Jeremy el fontanero cómo ha llegado del pueblo a su casa si no recuerda nada desde que se levantó. Pero unas cervezas y la cháchara de Dean sobre la final de las series mundiales le hacen olvidarse del asunto. Sam se pasa el resto del día un poco ensimismado, un poco enfadado. Dean ya sabe lo que le pasa. Le pasa que una vez fantaseó con la idea de acabar con todo el Mal de este mundo y aunque casi desencadena el Apocalipsis en el intento, todavía se siente decepcionado de no haberlo logrado. Dean quiere decirle que el mundo es el que es, que el Mal forma parte de cómo son las cosas y que si vuelve a intentar alguna estupidez esta vez le mata, pero se calla porque no les gusta hablar de ello y porque cuando vuelve de correr un rato pensando en ducharse y decirle a Sam que su parte el trato consistía en no chupar limones veinticuatro horas, su hermano está viendo la televisión de pago.

-Sam, lo tuyo con esta mierda es preocupante.

Hubo una época en la que el pobre hubiera apagado el porno de lesbianas al ver entrar a Dean en el cuarto. Una época en la que se hubiera sentido avergonzado de estar tirado en la cama viendo Casa Erótica Trece Mil Doscientos, con una larga línea rígida bajo los calzoncillos y una mano entre las piernas, quieta, sin hacer amago de tocarse.

-¿Si me ducho me esperas?

Sam asiente. Dean tardó años en darse cuenta. Es extraño pero Sam sólo ve porno cuando está agobiado. Como se le aliviara del ruido de su mente.

-Pero dúchate rápido.

Se ducha en un minuto. Antes de meterse al baño, le come la boca a su hermano, murmurando “sin tocarte hasta que salga” con los gemidos de la tele de fondo. Cuando sale con la toalla a la cintura Sam está enfrascado en la pantalla. Hay una morena y una rubia echas un ocho, haciendo un sesenta y nueve y gimiendo. Dean ya sabe que Sam debe tener calambres en la mano con las ganas de tocarse pero le ha esperado y se le ahoga el corazón en el pecho cuando se quita la toalla y se sube a la cama. La expresión de su cara es más triste de lo que Dean querría que fuera, dice “odio a esos demonios, odio haber estado tan cerca de ellos, odio que nos sigan buscando”. Dean piensa borrarla, “¿cuál te gusta más, Sammy, la rubia o la morena?”

-La morena.

La que ahora mismo acaba de coger un vibrador, sí, Dean lo sospechaba. Tiene cara de buena y es la que lleva el control de la situación. A Sam le gusta mirarla y que Dean le describa lo que está pasando con comentarios mucho más sucios de lo que se escucha jamás en el porno. Le gusta no tocarse hasta que se está muriendo. Suplicar “Dean, me está empezando a doler” y dejar que Dean le abra el calzoncillo, meta la mano dentro y diga “tranquilo, yo me ocupo”. Gime al mismo tiempo que la rubia y Dean le lame dentro del oído, “ssshh, tranquilo”, cogiendo todo el peso de su polla en la mano, “soy el mayor, ¿no? ya me ocupo yo”. Sam acaba corriéndose con la cabeza echada hacia atrás, enseñando todo el cuello. Con fuerza, manchándose medio pecho. Cuando termina se quita los calzoncillos que lleva medio puestos y se pone bocabajo en la cama, mirando la tele de reojo. Ausente y culpable.

Dean se vaciaría en él. Le daría cualquier cosa. Pero así no.

-Cuando tenías ocho años subimos bastante al norte, más de lo que le gustaba a papá. Estuvo lloviendo durante días y se acabó inundando la casa aquella que alquilamos, ¿te acuerdas? –Sam se gira y le mira, extrañado porque Dean no le está dando sexo boca abajo sino esta historia sobre inundaciones-. Te pasaste días enteros sin hablarme y yo pensaba “hay que joderse que encima se enfurruñe conmigo cuando no tengo la culpa”. Y al de una semana me despiertas llorando de madrugada, confesándome que tú inundaste el sótano porque deseaste muy, muy fuerte que lloviera y papá no pudiera marcharse.

Sam murmura que no se acuerda pero Dean se acuerda por los dos.

-¿Cómo le explicas a tu hermano pequeño que algunas cosas, no todas pero algunas cosas en este mundo como la lluvia o la existencia de los demonios, no tienen que ver con él?

Sonríe. Como pensando “mi hermano es tonto”. Es una buena sonrisa. Una de las mejores que tiene y tiene unas cuantas. Dean las conoce todas. Le hace sentir como Batman conseguir una cuando ya daba el humor de Sam por perdido. Pero tampoco es como si fuera a decirle eso.

-Y ahora a follar con más ánimo que esto es incesto, Sam, lo mínimo que podemos hacer es hacerlo bien, ya que lo hacemos.

Suelta una risotada feliz que aleja los demonios de la casa durante el resto de la noche.

(continúa en el siguiente post)

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