miss_jota: ([SPN] Labios_de_Dean)
[personal profile] miss_jota
Título: No es lugar para moñas (2/3)

Fandom: SPN

Pairing: Sam/Dean, NC17

Spoilers: Generales de la cuarta temporada.

Nota: Viene de la anterior entrada.


NO ES LUGAR PARA MOÑAS



[“¿Sabes? Mi hermano te pondría su cara de perrito y te tendría en el bote” Dean. Scarecrow]

***

Si algún domingo necesitan algo urgente (una bombilla, pan de molde, el National Geographic para Sam), alguno de los dos se acerca a la pequeña tienda de conveniencia que hay en la gasolinera. Está en las afueras del pueblo, pero la casa de Sam y Dean es la última del pueblo, así que sólo tienen que dar un paseo de 10 ó 15 minutos y listo. Una mañana, Dean dijo “no me llevo el coche, total, sólo es que tengo antojo de nachos”, y se arrepintió en seguida, porque “sólo nachos” se convirtió en nachos con queso, preparado para hacer fajitas, preparado para hacer burritos, preparado para hacer tacos, un bote de guacamole, dos botes de salsa de chile, (uno Extra Picante y uno Extra Extra Picante), un pack de ocho Coronitas, una botella de dos litros de Pepsi, una bolsa de MiniToblerones, el National Geographic para Sam y el FHM para él.

Realmente deseó haberse traído el coche. Sobre todo porque las estúpidas bolsas de papel que llevaba en los brazos no le dejaban ver mucho más allá y parecía que hasta que llegara a casa sería un peligro para él y los que le rodearan. De hecho, lo primero que hizo cuando salió de la tienda fue pisarle la cola a un perro (para él invisible) que se quejó con un gemido lloroso. Dean se disculpó sin mirar (“¡perdona, chucho!”) y bajó la mano a un lado hasta que tocó pelo suave. Le rascó un poco, y siguió su camino.

Cuando llegó, Sam estaba sentado en el porche, y le miró con esa cara de “en serio, ¿otra vez?”

- No me lo digas, ¿otra vez estaban haciendo saldo de productos a punto de caducar?

- ¡Ándele Samuel! ¡No sea pendejo, vamos a comer Tex-Mex!

Sam movió la cabeza riéndose “en la vida te ha salido bien el acen…” y se quedó mirando detrás de Dean

-¿De quién es el perro?

Dean se giró, “¿Qué perro? No hay ningún perr…”

***

Había un perro.

***

- ¿Le has dado de comer?

- ¡No!

- Le has dado de comer y por eso te ha seguido hasta aquí, ¿verdad?

- ¡Que no! ¡Le pisé la cola al salir de la gasolinera, se quejó, le llamé “chucho”, le rasqué un poco y me ha seguido hasta aquí!

- ¿Le rascaste?

- ¡Le había pisado la cola!

***

Dean nunca pidió un perro de pequeño. No recuerda que le gustaran. Puede que todos los niños de 11 años le pidieran un cachorrito a sus padres, pero, con 11 años, Dean ya tenía una cosa pequeña y llena de pelo por todas partes a la que dar de comer, sacar a pasear y tirarle una pelotita de vez en cuando para que jugara.

Se llamaba "Sammy".


Así que no, nunca quiso un perro.


Pero es que…


***

-Dean, tenemos que volver a llevarlo allí, obviamente sus dueños estaban dentro.

- A lo mejor es un perro vagabundo. Podríamos criarlo.

Sam echó el aire por la nariz.

-¿Criarlo? Lo que hay que hacer es devolverlo. Dean, ¿tú has visto al perro?

Sí, Dean había visto al perro. Un cachorro de labrador negro, no podía tener más de cuatro meses, ojos negros y vivos, orejas hacia arriba, lengua fuera, rabo moviéndose como si le hubieran dado cuerda. Mientras Sam y Dean discutían, se había comido una libélula, le había mordido el dobladillo de los vaqueros a Sam y había estado a punto de mear en una rueda del Impala, momento en el que Dean salió corriendo tras él gritando "LA MADRE QUE LO…!!!!" y lo cogió en brazos.

- Es un perro de anuncio, Dean, de los que piden los niños pequeños por Navidad. Tiene dueños. Seguramente ahora mismo una cría de seis años está con un berrinche tremendo porque ha perdido a su perro. ¿Ahora haces eso, haces llorar a las niñas?

Dean le miraba con su cara de "chantaje moral, MUY BONITO". El cachorro, ahora en brazos de Dean, ladró de contento y se puso a lamerle una mano.

- Preguntamos. UNA VEZ. Y si no, nos lo quedamos.

- Preguntamos. Y luego ponemos anuncios. Y si no, ya veremos.

- Aguafiestas.

- Seis años, Dean. Seis años, te lo juro.

***

En la gasolinera, nadie tenía idea de quién podía ser el dueño del cachorro.

- ¡Pero yo me lo podría quedar! –dijo Stan, el del depósito de coches.- Tengo siete perros, todos cruzados. Esta bolita aprendería pronto a luchar por la comida.

El perro ladró, Dean estuvo a punto.

- Déjelo, -dijo Sam, todo falsa educación.- Esperaremos un poco y si no, ya tiene un hogar.

Dean apretó al cachorro en sus brazos y pensó "Bienvenido a la familia, enano".

***

Sam estableció un plazo de espera de siete días por si aparecían los dueños, antes de pensar en quedárselo.

Al segundo día, Dean ya estaba barajando nombres.

- Quiero llamarle "Rambo"

- Tienes que estar de coña.

- ¿Qué tiene de malo Rambo? Es un nombre cojonudo. ¡¡Ataca, Rambo!! ¡¡Mata, Rambo!!

Provisionalmente Rambo bostezó diez minutos y luego estornudó.

- ¿Atacar, Dean? Tendrás suerte si le ladra a alguien.

- Claro, tú querrás ponerle algún nombre de perro hippie como Arcoiris de Amor o Mariposa Eterna o ¡¡Flor De Loto!! No voy a dejar que le llames Flor de Loto.

- Dean, en serio, no es un tema para tomárselo a la ligera, un perro implica responsabilidad, y con la vida que llevamos habría que dejarle solo durante varios días seguidos, y hay que cuidar de su alimentación, y ponerle las vacunas, y…

- Sam.

- ¿Qué?

- ¿Tienes miedo de que Rambo te quite el protagonismo en lo de poner caras de perrito, es eso?

- Vete a… ¡¡y no se va a llamar Rambo!!

- ¡¡Pues Flor de Loto MENOS!!

***

No se puede decir que Dean no lo intentara.

- ¡Ven, Rambo! ¡Ven, chaval!

Provisionalmente Rambo decidió que era mucho más importante revolcarse por el césped del jardín que acudir a la llamada de Dean.

Y Dean, que a pesar de ciertos rumores era una persona aperturista y que entendía que había que darle una oportunidad a todas las cosas, hizo un esfuerzo y dijo:

- ¿Ven, Flor de Loto?

Aunque lo dijo bastante bajito, la verdad.

Dean no era TAN aperturista, así que se alegró cuando el chucho siguió con lo de revolcarse y no mostró interés en ser bautizado como un olor de incienso.

- ¿Lassie?

El perro a lo suyo.

- Mejor, nunca me cayó bien. Puto perro policía de los cojones.

***

Tres semanas y ningún posible dueño después, el perro estaba vacunado, alimentado, instalado y bastante mimado por los Winchester, y si no estaban registrados como sus legítimos dueños era porque aun no había nombre con el que registrarle.

Al final fueron Sam y su ilimitada capacidad para encontrar datos aparentemente inservibles en los libros los que dieron con el nombre del cachorro. Llegó un día con uno de esos libros suyos en la mano, de esos que se imprimieron prácticamente después de la Vulgata, y una de esas sonrisas suyas en la cara, de esas de "soy más listo que tú y me alegro por ello". Se sentó en la silla del porche junto a Dean, le puso el libro en la rodillas, señaló una foto y dijo:

- Mira.

El pie decía "S. Colt y S. Winchester, 1870".

Dean sólo tuvo que levantar la mirada para contagiarse de su risa.

- ¿Crees que es de los que conquistan el oeste?

- Averigüémoslo.

Dean silbó.

- ¡Eh, Colt, ven a comer, enano!

Al día siguiente, le registraron.

***

Bobby vino a verles unos meses después. Dean anunció feliz "¡¡tenemos un perro!!" y estaba a punto de contarle cómo iba a enseñar al bicho a reconocer demonios y a atacarlos, pero Colt, a los dos segundos de que Bobby le rascara entre las orejas, ya se había tumbado en el suelo boca arriba, lamiéndole los dedos y enseñando la tripa como diciendo "ahora ahí, ¿porfa?" y había perdido estrepitosamente cualquier atisbo de perro cazademonios que pudiera aparentar de salida.

Que tampoco es que aparentara mucho. Después de todo, sus primos segundos anunciaban papel higiénico.

Bobby no tuvo compasión.

- Hijo. Tú no tienes un perro, tienes una oveja. -Aunque efectivamente le hizo caso al cachorro y le rascó la tripa porque, maldita sea, era un perro muy mono-. ¿Le ladra a los extraños, por lo menos?

Sam observaba desde la puerta, claramente divertido con toda la situación.

- Coge el periódico al vuelo y se lo devuelve al chico que pasa con la bici, porque se cree que es un juego.

Bobby resopló.

- ¿Y entonces para qué lo queréis?

Dean se enfurruñó.

- ¡Es un chico de confianza! Va a misa los domingos y todo el rollo. Es muy bueno juzgando el carácter. Es un buen perro.

Bobby miró a Sam.

- ¿Quería un perrito?

Sam asintió.

- Dean ha sacado muy buenas notas este curso y se lo había prometido.

- Es un perro cojonudo y vosotros sois gilipollas. ¡Colt, conmigo!

El perro trotó hasta Dean y Bobby se levantó del suelo sin dejar de mirarle.

- Colt, ¿huh? Al menos tiene un nombre decente. Y ahora, par de mendrugos, ¿qué tiene que que hacer un viejo para que le den una cerveza en esta casa?

***

[“¡Le voy a arrancar los pulmones a ese fantasma!” Dean. Afterschool special]
***

Sam está desatascando el fregadero, Colt tumbado junto a él, mordiendo un trapo, cuando Dean entra en la cocina.

- Eh, Sammy. –Su voz suena con eco con la cabeza metida en un mueble de cocina.

- Qué.

- ¿A que no sabes qué he ganado en la Feria del Pueblo?

- Si es un gorila gigante de peluche, duerme en tu cuarto-. Sale de la pila sonriendo para mirar a Dean.

Que tiene en la mano una bolsa transparente de plástico.

Que dentro tiene agua.

Que dentro tiene un pez.

- Ya duermo con un gorila gigante, muchas gracias.

Sam abre mucho la boca.

Como un pez.

- ¿De dónde lo has…? –Y abre los ojos tanto como la boca.- ¿No será por…?

(Era 1992, Sam tenía ocho años. Pasaron tres días seguidos en Oak Grove, Carolina del Sur. Para no escucharle refunfuñar más, Dean le llevó a la feria del pueblo (bajo amenazas de “no te alejes” y “no toques nada” y “NO TE ALEJES”), y Sam consiguió un pez de colores jugando a levantar patitos de goma con una caña de pescar. Le tuvo vivo durante dos días metido en una jarra de agua y cuando John dijo “He vuelto” y acto seguido dijo “Nos vamos”, Sam se armó de valor para preguntar si podía llevarse al pez con él.

- Se llama “Submarino”, papá.

John no miró a su hijo pequeño, sino a su hijo mayor.

- Voy a ir cargando el coche. Os quiero fuera en cinco minutos. ¿Entendido?

- Síseñor.

Dean llevó a Sam hasta el baño y le contó que Submarino se venía con ellos, pero que llegaría mejor nadando hasta la próxima ciudad.

- En el coche podría volcarse la jarra, ¿no, Sammy?

- Sí, sí es verdad.

Cuando Submarino no llegó al siguiente motel, Dean le echó la culpa a las corrientes.

- Es invierno, Sam. Le habrá cogido tormenta. Nos alcanzará en el siguiente.

Cinco moteles después, Sam dejó de preguntar.)


- Me has… ¿me has comprado otro pez?

- ¿Qué? ¡No! -Dean sigue de pie con la bolsa en la mano, está un poco ridículo.- Está la feria del pueblo y he echado en la rifa por un juego de cuchillos de trinchar, pero me ha tocado aquí al amigo de la Sirenita. ¿Nos lo quedamos o qué?

Sam intenta ocultar la sonrisa.

- Vale. –Le coge la bolsa a Dean de la mano y llenó de agua el fregadero recién reparado.

- ¡A este puedes llamarle Flor de Loto si quieres!

- Sí. Ya. Igual. –Baja el tono- Dean.

- ¿Sí?

- Saca al perro de la cocina y cierra la puerta.

- ¿Por qué?

- Porque vamos a follar en la encimera, y no quiero traumatizarle.

Siempre está ese momento. Ese momento en el que la idea del sexo invade la mente de Dean y le oscurece el verde de los ojos durante un segundo. Sam siempre lo nota, un cambio en el aire, una modificación del lenguaje corporal de Dean, que cambia el tono, cambia la forma de respirar. Si lo intenta, está seguro de que podría oír la sangre de su hermano, en dirección sur. Le gusta ser capaz de notarlo. Le gusta aun más ser capaz de provocarlo.

- Colt. Fuera, chico. Al jardín.

No hay ni que gritarle para que se vaya trotando alegremente, con el trapo en la boca y el paso tranquilo. Realmente le está educando bien.

Para cuando cierra la puerta de la cocina, Sam ya se ha desabrochado la camisa.

- Ven aquí.

- ¿Y si traumatizamos al pez?

- Le pagamos un psicólogo.

***

Sam fue ayer con los chicos del colegio de excursión a la Feria.

No había ninguna rifa

***

Resulta que las tiendas de animales de pueblos pequeños no tienen esa gran variedad de peceras que uno desearía si es que uno alguna vez deseara elegir entre una gran variedad de peceras, así que la elección se reduce entre el clásico entre los clásicos, la pecera redonda de cristal…

(- Esta no, Dean, podría saltar fuera y asfixiarse.

- Joder, tú estás tronado, ¿tantos dibujos animados te dejé ver de pequeño?)


…y una especie de tanque lleno de palmeritas, islitas, piedrecitas, y demás chorraditas y con el tamaño para criar un tiburón enano.

( - ¿Y para qué quiere el pez una piscina olímpica? Ni que fuera un pez de competición.

- Así hará más ejercicio. Estará más sano. Y menos claustrofóbico.

- Sigue hablando del bienestar mental de los peces, Sammy, y te meto en el tanque a ti.)

Se llevan la pecera grande, y un hueso de goma para Colt.

***

- Santa madre de Dios, ¿qué va a ser lo próximo? ¿Un jodido hámster?

Bobby no tiene tanta compasión con el pez como tuvo con el perro. Dean, con Colt comiéndole un cordón de los zapatos, lo mira todo desde el sofá y parece encantado.

- Sam siempre quiso uno de pequeño. Se llama “Flor de Loto”.

- ¡No es verdad!

Bobby se gira hacia Sam. Va camino de los setenta años pero todavía puede hacer que se te pongan de corbata con sólo mirarte.

- ¿Y como se llama entonces?

Uh.

- Uh. -Sam mira a Dean. Dean levanta las cejas y pone su sonrisa de “Ahí te las den, listillo”. Sam mira a Bobby y se encoge de hombros. Le sale un hilo de voz.

- ¿…Nemo?

Dean rompe a reír a carcajadas y Colt se pone de pie de un salto, ladrando. Bobby parece a punto de quitarse la gorra y largarles de su propia casa.

- Idiotas. Idiotas perdidos los dos.

***

A Sam le gusta preparar las cosas para el instituto la noche antes. Repasar si tiene alguna tutoría, o qué temas se van a tratar en el consejo escolar, por si puede hacer alguna aportación interesante. Se tumba a lo largo del sillón, rascando a Colt con una mano mientras con la otra anota cosas en los márgenes de los apuntes (“Haces apuntes en los apuntes, Sam, es repelente hasta para ti”). Dean hace ruido en la cocina, guardando las sobras de la cena en el frigorífico.

Entra en el salón secándose las manos con un paño.

- Me estaba preguntando algo, Sammy.

- Sí Dean, al final el planeta era la Tierra.

- Jaja, me meo vivo. No, en serio, ¿por qué crees que estabas empeñado en comprar esa pecera tan grande para un pez tan pequeñito? Igual en plan subconsciente intentas… no sé, compensar algo.

Sam levanta la mirada de los folios como un halcón. Si las caras tuvieran título, esta se llamaría “TIENES QUE ESTAR DE PUTA COÑA”, pero enseguida se recompone. Se incorpora en el sillón, abre un poco las piernas.

- De hecho tienes razón. Hubiera sido mucho mejor un sitio estrecho y calentito.

Dean no dice nada. Sigue secándose las manos mientras anda hacia la puerta principal. La abre y dice “Colt! ¡Busca, chico!” y tira el trapo al jardín.

Se da la vuelta y pone rumbo al sofá.

***

[“¿Parezco Paris Hilton?” Dean. Bloody Mary]

***

La primera vez que Sam se dio cuenta de que las necesitaba volvían de una cacería en Iowa, llevaban conduciendo desde que Mick Jagger era joven y Dean se saltó una señal en la autopista porque le cegaron las luces de un camión. Naturalmente, no admitió lo que había pasado pero Sam llevaba un rato viéndole hacer muecas y lagrimear. O era fotofobia o realmente, con los años se había vuelto sentimental porque Zeppelin nunca le había hecho llorar.

-Necesitas gafas, Dean. La fotofobia es sólo un síntoma. El problema es que ves mal.

Dean fue bastante taxativo.

-Y una mierda.

Durante los siguientes meses las respuestas fueron parecidas. Sam le veía leyendo con el periódico pegado a la cara o poniendo expresiones extrañas cuando no podía distinguir quién hacía qué en la porno de pago que hubiera elegido. Pero por cada “Dean, ¿por qué no vas a la óptica?” recibía un “¿por qué no te callas?” y “porque no necesito ir” y “porque te puedes meter tus consejos por donde no hace sol, Sam, gracias”. Se acabó bajando de la burra porque Sam supo exactamente cómo hacer que se bajara. Le vio lagrimeando un día mientras intentaba ver la tele desde demasiada distancia.

-No pasa nada por llorar, Dean. “La fuerza del cariño” también es una de mis preferidas.

Fue a la óptica al día siguiente. Le trajeron las gafas una semana después. Sam volvía de correos, hacía un día ventoso, de tormenta incipiente. Dejó los libros en la mesa de la cocina y dijo en voz alta “Dean, ¿quieres una cerveza?”. Escuchó “ya tengo una” y empezó a contarle que había recibido un paquete con libros de Bobby mientras abría la suya. Estaba enfrascado y feliz, llevaba tiempo buscando esos ejemplares. Entró en la sala diciendo “algunos deben tener un par de cientos de años” y se quedó quieto en el sitio.

-Te juro que hablas de libros, Sammy, y noto que se te pone dura.

Dean estaba sentado en el sillón. Leyendo el suplemento deportivo, con la cerveza en la mesa y concentrado. Llevaba gafas de leer. Sam nunca le había visto con gafas de leer. Ni siquiera había pensado en él con gafas de leer. Mentira, había pensado que las necesitaba y debía tenerlas pero no en el aspecto que tendría con ellas puestas. De pronto no tenía que pensarlo, más bien tenía que asimilarlo. Dean parecía más joven y mayor, al mismo tiempo. Parecía el profesor que te dice “enséñeme sus deberes” en una porno y el alumno asustado de primero que se sonroja cuando le mira una chica. Parecía Dean, concentrado, aplicado, buenacito pero por algún motivo, un poco cabreado.

-Llevas gafas.

Sam sentía que se le había frito algo en el cerebro. En serio. Frito.

-Un comentario sobre cómo ahora de repente parezco listo y vas a estar caminando por soleares una semana porque te voy a atizar en el culo, Sam. Te lo garantizo.

Dean no lo dijo con esa intención pero se ruborizó cuando vio que Sam tragaba saliva. Murmuró “serás marrano” y Sam quiso decirle algo más, algo mejor pero estaba atascado en “llevas gafas”. Quería avanzar hacia el siguiente pensamiento pero lo siguiente no fue un pensamiento fue un impulso. Una especie de golpe en el estómago que le sacudió de cintura para abajo y le impulsó hacia Dean como un meteorito. Le comió la boca como si esos labios fueran suyos, carnosos y obscenos y suyos. A Dean se le empañaron las gafas, tiró el periódico al suelo, recuperándose de la sorpresa en menos de un segundo. Instintos de cazador, señoras y señores, mi hermano pensó Sam y le desabrochó los pantalones allí mismo, de rodillas en el suelo. Se tomó un segundo para mirar a Dean, con la boca roja, las gafas puestas, llenando el calzoncillo, rubor de sexo y pecas. Un segundo, “es que mírate, joder” y agachó la cabeza para hacerle una mamada que rozó el canibalismo. Le pasaba a veces, sentir ganas incontrolables de querer hacerle de todo, de querer –joder- comérselo, destrozarle un poco para rehacerle luego. Como si Dean fuera demasiado para ser real y Sam quisiera convertirle en carne para que fuera suyo.

Le metió las manos bajo el culo para obligarle a que abriera las piernas. Respiró por la nariz para no dejarle suelto un segundo, pensando mío, mío, mío. Tenía la boca llena de Dean y saliva, Dean y succión, Dean y te la voy a comer viva. A pesar de la bruma de su cabeza, de ese mercurio que sentía aplastándole los pensamientos, escuchó la voz de su hermano, que le sujetaba la cabeza por el pelo y le llamaba como si Sam fuera a marcharse a algún sitio. Sammy Sam dios Sam me quieres matar te mato me corro Sam no pares Sam Sam Sammy joder coño esa boca qué bien lo haces coño. Se separó un segundo, le cayó saliva por la barbilla y Dean sacó la lengua instintivamente, como si al verla quisiera limpiarla. Fue lo más increíblemente pornográfico que Sam había visto nunca. Dean con las piernas abiertas en canal y la camiseta subida, enseñando el estómago, los calzoncillos bajados lo bastante para dejarla fuera, los pantalones desabrochados pero puestos. Las gafas resbalando por la nariz llena de pecas. Sam tuvo que contener alaridos de alegría por estar viéndole así, vulnerable y perfecto, así. “Es que eres glorioso, joder”, le dio besos obscenos, con toda la lengua, ayudándose de la mano para masturbarle, como si besara caramelo de azúcar, “quiero hacer que te corras, yo, quiero hacer que te corras yo”. Dean hizo eso que hacía a veces, se enfadó un poco, de puras ganas. Sustituyó la mano de Sam por la suya de un manotazo y se masturbó él, mientras Sam intentaba seguirle el ritmo con la boca y Dean usaba el pulgar para extender gotas de semen sobre sí mismo, sobre los labios de Sam, su lengua, Sam tu boca vamos. El empujón final fue que Sam le lamiera más abajo, uno a uno, los testículos. Luego se incorporó un poco, preguntó ¿me ves bien? y Dean asintió mordiéndose los labios, eso quiero, que me veas, vamos. Un orgasmo increíble, Sam creyó que él también lo estaba sintiendo. Dean lloriqueó, se puso rígido, estalló. Sam no quitó la boca, siguió el ritmo de su mano, le lamió restos de ese orgasmo pulsante y largo de entre los dedos. Cuando se besaron, Dean le tomó la delantera diciendo cama vamos a la cama ¿quieres? Sam pensó por favor y estaba tan en tensión que no dijo nada. Subieron escaleras arriba y no le dejó quitarse las gafas.

Incluso después, cuando Dean se levantó para el baño, manchado y desnudo, las llevaba puestas. Se las quitó sólo para dormir, al caer rendido en la cama.

-¿Vas a soportar que no las lleve o tu movida sexual con el rollo profesorcito es demasiado intensa?

-No tengo un fetiche con tus gafas, Dean.

Le oyó murmurar “psí, claro” y no le dijo “tengo un fetiche sexual contigo” porque estaba casi dormido. No eran las gafas, era verle distinto, por una vez y sentir que le veía por primera vez y pensar “este Dean es nuevo” y pensar “también quiero que sea mío”.

Ahora Dean siempre lleva gafas para leer. Sam se ha acostumbrado casi del todo. Ya no siente ganas de ponerle contra lo primero que pille y hacérselo allí mismo. Bueno, a veces sí. Pero no siempre cuando Dean lleva gafas.

***

[“¿Qué quieres? ¿Llevar una vida normal, de pastel de manzana?” Dean. Piloto]

***

No es un trabajo.

El trabajo de Dean es la caza. Siempre será la caza. Esto otro es más como un hobby. Hay gente que colecciona saleros o hace calceta, ¿no? A él le gustan los coches y punto. Además, no es un trabajo porque empezó de casualidad. No puso un anuncio, no pensaba retirarse de cazar demonios. De hecho, venía de matar uno, silbando y bastante contento, la verdad. Dispuesto a comprar una caja de cerveza y celebrarlo. Entonces escuchó la conversación. Artie Lewinson, el tipo de la ferretería contándole a Stan que para qué rayos quería él un Corvette que ni siquiera arrancaba y tenía un historial de averías mecánicas más largo que la madre que lo había parido.

-¿Qué clase de Corvette?

No fue por trabajo. No se ofreció por eso a arreglarlo. Se ofreció porque Artie Lewinson pensaba –atención- tirar a la chatarra, vender por piezas, un Corvette Stingray negro cromado y Dean Winchester podía dejar pasar un buen culo sin mirarlo antes que permitir semejante barbaridad. Tuvo que insistir un poco porque Art aseguraba que era inútil, el coche había vivido en un garaje y estaba harto de pagar las reparaciones. Dean tuvo que prometerle que podía venderlo después pero tenía que dejarle echar un vistazo. Hizo algo más, claro. Hizo que ronroneara como un puma con un plato de leche. Artie Lewinson pudo venderlo y pagarse un viaje a las Bahamas. Desde entonces la señora Lewinson le hace un regalo a Dean todas las navidades y la gente de los alrededores le lleva coches usados.

Empezó así, sin más. Alguien dijo “oye, he ido que arreglaste un Corvette…” y Dean se prestó a arreglar un par de Chevys por el precio de las piezas y luego Stan llamó un día diciendo que tenía un montón de chatarra precioso del 66 si le interesaba arreglarlo y repartirse las ganancias de la venta y bueno, por primera vez en su vida no sólo tuvo dinero, sino que lo ganó honradamente. Más dinero del que se puede ganar una noche al billar. Lo puso sobre la mesa de la cocina y se quedó un rato mirándolo, mientras Sam se bebía medio litro de limonada de un trago. Hacía calor, Dean jamás se había planteado hacer algo que no fuera la caza.

-¿En qué te lo vas a gastar?

No tenía ni la más remota idea.

-Podría comprarte un vestido bonito, Sammy. ¿Quieres un vestido bonito?

-Sí, por favor. De tafetán.

-Eso habría sido gracioso pero desagraciadamente, el hecho de que sepas lo que es el tafetán demuestra que seguramente, en el fondo de ti, sí que quieres un vestido, princesa.

Sam le dio una colleja y Dean se guardó el dinero mientras pensaba cómo gastárselo. No. No estaba ahorrando. Iba a gastárselo. A lo grande. Sólo estaba aplazando el momento hasta hacerlo. Para que fuera memorable.

Siempre tiene algún coche esperando. Se ha aficionado a unas cuantas páginas de coleccionistas y chatarreros. Mecánicos y aficionados, como él. Se intercambian piezas, todos parecen impresionados por lo mucho que sabe de mecánica. Le llaman por su sobrenombre, Impala67. Es todo tan clase media –la casa, tener esto de los coches- que a veces Dean se tiene que recordar a sí mismo que el tío al que se folla más o menos cada noche es su hermano y no, tener una relación incestuosa, no es lo que generalmente se considera una vida “normal”.

-Gracias al incesto.

Lo dice una mañana sin más, mientras desayuna. Sam le oye y saca la cabeza del café.

-¿Qué has dicho?

Cuando me agobio con todo esto de tener una casa y tener vecinos y que todo el mundo me conozca y me den trabajo y me paguen por ello, lo que me salva, lo que me hace sentirme diferente y yo mismo eres tú, saber que me acuesto con mi hermano, que somos cazadores, fugitivos, raros, tú y yo, nosotros.

-Cesto, Sam. Que me pases el cesto del pan. Estás sordo perdido, abuelo.

Sam deja que la mentira pase bajo la alambrada y le alcanza el pan sin decir nada.

Gracias.

***

[“¿Sam? Dos cervezas y está cantando karaoke” Dean. The Benders]

***

Normalmente no salen por ahí. No se puede decir que sean las personas más sociables del mundo. Pero Derek, que lleva el bar del pueblo (y tiene la desgracia de llamarse Derek, el pobre) se casa en un par de días, así que ese día se pone generoso, invita a todo el bar a lo que quieran y bueno, digamos que trasnochan y vuelven a casa dando unas cuantas eses. Dean borracho es Dean, casi no se le nota hasta que llega al punto de coma etílico. Sam, borracho, sin embargo, es otro Sam. Nota que no puede controlar lo que dice y le asaltan estas ganas casi obscenas por tocar a Dean todo el rato. Por desgracia, borracho también es mucho más torpe. Intenta besar a Dean y acaba con la boca en algún lugar entre sus labios y la oreja derecha.

-¿Qué ha sido eso? Me has llenado la cara de babas.

-Quería darte un beso.

-¿De vaca?

A Dean le hace gracia. A Sam no.

-Perdona, -y es curioso que su voz de irritación no haya cambiado desde que tenía seis años-, como tus besos son perfectos.

Oops. Típico ejemplo de Sam borracho. Sobrio no lo habría dicho. Al menos no con ese tono de irritación que hace que Dean se crezca. En un segundo crece veinte centímetros en una sonrisa canalla y le salen hasta plumas. En serio.

-¿Perfectos, huh?

-Vete a la mierda.

Da unos cuantos pasos hacia casa, rebuscando en el bolsillo para encontrar la llave pero le detiene la mano de Dean y ese tono tan suave de su voz, “eh, ¿se puede saber qué pasa?” Le dice “nada” y ésa es la verdad, que no pasa nada. Nada excepto las setecientas mujeres del pueblo mirando a Dean en ese bar como si Dean estuviera incluido en el menú. Flirteando con él porque si Dean es bueno en algo es flirteando, maldita sea y vale que hace mucho que no está con una mujer (con nadie, ni hombre ni mujer, excepto él) pero siempre mira, siempre sonríe, siempre se deja conquistar un poco. Normalmente a Sam no le importa. Las mujeres le traen pasteles, se atusan el escote, no pasa nada. Lo que sea. Esta noche le importa.

-Solía mirarte, -dice, todo alcohol y falta de control sobre sí mismo-, solía mirarte cuando tenía catorce años y te llevabas a las chicas al asiento trasero o las besabas a la puerta del colegio en el que estuviéramos esa semana. No es que quisiera besarte entonces, no es que… no creo que quisiera besar a nadie. Pero te las llevabas en el coche para cosas en las que yo no estaba autorizado y pensaba en ello. En que las besabas y eras diferente con ellas. Mi hermano pero no mi hermano, otra cosa. El tío del asiento trasero del Impala del que luego ellas se pasaban meses hablando.

Le sale como vómito. De sopetón. Dean se queda digiriéndolo un rato. Enormes ojos verdes, ligeramente sorprendidos. Luego esa mierda de sonrisa canalla que Sam no soporta y le deja flojas las rodillas. Le dice “vamos” y se lo lleva a rastras a la parte trasera, donde está el coche aparcado. Sam quiere resistirse, o algo. Por dignidad. Podría tumbar a Dean de un manotazo, totalmente podría. No tiene por qué dejarse manejar hasta el asiento trasero, sin entender exactamente lo que está pasando.

-La mayoría ni siquiera se dejaban tocar por debajo del sujetador, mucho menos por debajo de las bragas. –Chicas. Dean está hablando de todas aquellas chicas del Impala, de aquellos años de instituto en los que nunca encajaban, en los que Sam le miraba y Dean parecía Supermán-. Así que las besaba. Era casi lo único que hacía. Besarlas hasta que tenía calambres en la lengua y hacerme una paja luego en casa, mientras aporreabas la puerta para que fuera acabando en la ducha. Me encantaba besarlas, quería más pero me encantaba oír cómo se calentaban, esos gemiditos, ¿sabes? Como decían, “no puedo” o algunas veces, “no debería”. –Sam no está seguro de por qué le está contando Dean esto pero mientras siga encaramado a su cuerpo le parece bien, mientras ponga esa voz. Sí, le parece bien-. Cuando una me dejaba subirle la camiseta era como el cuatro de julio porque durante años todo consistió en besarlas hasta que estábamos ardiendo y luego dejarlas ir con el pantalón lleno de ganas, latiendo. ¿Sabes cómo es eso, Sammy?

No. O al menos con catorce no lo sabía pero ahora Dean se lo enseña. En el asiento trasero, sin quitarle la ropa, empañando los cristales, besándole con esos besos perfectos, obligándole a no ir más allá. Sólo besos, es lo único que hacen. Sam experimenta lo mismo que aquellas chicas y se queda como ellas, incompleto, satisfecho, maullando, con los labios casi malheridos de tantos besos. En la cama, Sam siempre pierde un poco los nervios, se deja llevar por ese impulso de aquí ahora vamos. Pero Dean, en el asiento trasero del Impala le enseña lo caliente que es estar frustrado, tomarse su tiempo, sentirla tan dura que es casi doloroso. Esa noche el Impala es el Delorean. Les lleva hacia atrás en el tiempo, impulsado por la energía nuclear de tocarse por encima de la ropa, de besarse lento y guarro y perfecto.

***

[“Me suben los calores cuando te pones mandón, Sammy” (Dean. Mistery Spot)]

***

No es premeditado. Sam no pretende empujarle contra la cama. Para nada. Y Dean no pretende dejarse atrapar bajo su cuerpo. En serio. Sólo pretenden echar un polvo. Es viernes por la noche, están sudando cerveza y desnudos, sólo pretenden eso, lo de siempre, echar un buen polvo para quedarse dormidos a gusto, uno encima del otro, con el pensamiento en blanco, lleno tan sólo del placer de haber usado todos los músculos para correrse. Vacíos de preocupaciones, juntos. Eso es lo que pretenden.

Lo que pasa es inesperado.

Sam no encuentra postura. Al menos no la postura que busca. Siente que Dean se mueve demasiado bajo su cuerpo, como si tuviera prisa por ir al grano. No es que Sam tenga problemas con ir al grano, sobre todo cuando se trata de embestir en su culo hasta perder la conciencia. Lo que pasa es que no puede dejar de besar a Dean. Después de la sesión de cristales empañados del Impala simplemente no puede. Y como Dean no deja de retorcerse, muerto de prisa porque empiece la parte en la que follan, Sam se pone nervioso. Sam no está acostumbrado a no salirse con la suya. A veces le pasa pero no le gusta y menos en la cama. Así que, cuando Dean levanta los brazos para sujetarse al cabecero e impulsarse hacia el culo de Sam, Sam aprovecha. Le sujeta las muñecas con una sola mano (con esa mano enorme, que vale por dos manos humanas). No fuerte, sólo presión sorda y cuando Dean empieza a decir “qué-” Sam aprovecha para follarle la boca con la lengua. Su manera de decir “calla y hazme caso”. Calla y obedece.

Es caliente. Es mucho, mucho más caliente de lo que Sam esperaba y muchísimo más de lo que Dean admitirá nunca. Es caliente porque Sam tiene todo el control y Dean lo sabe, hace un amago de moverse y luego se deja, consiente. Un poco enfadado, más consigo mismo por disfrutarlo que por Sam por ponerse posesivo. Le brilla el verde de los ojos, está paralizado y esperando, un cuerpo a oscuras en sábanas blancas, a merced de su hermano, ofreciéndose como un sacrificio, vulnerable, desafiante, como si dijera estoy aquí, ¿me follas?¿a que no me follas? Sam le penetra casi sin querer, un acto automático, sin soltarle las muñecas en ningún momento.

Se miran todo el tiempo. Sam no puede no mirarle. Cómo no va a mirarle si Dean en ese momento es la razón por la que se inventó el sexo. Mordiéndose los labios, queriendo tocarse, enseñando el cuello, sacando la lengua para intentar buscarle la boca, sudando bajo su cuerpo. Sam se lo folla hasta que tiene calambres en las manos pero quien se siente follado es él, metido en la intensidad de ese momento. Dean no puede moverse pero Sam siente que es él quien le sujeta, con su manera de mirarle, con su manera de necesitarle. Dean es el quien siempre le ha atrapado. Él se limita a decirle “quiero que me sigas atrapando”.

Casi no hablan. Sam dice “si no te corres no te suelto”. Alto, claro, gruñendo. Dean dice “si me sueltas no me corro”. Bajito, flojo, al oído.

***

[“Me alegro de que lo hagamos” Sam. What is and what should never be]

Sam se pone así de vez en cuando. Empieza un lunes, un martes, un día cualquiera. Se levanta enfurruñado, de mal café. Sam es así: cambia el viento y le cambia el humor. No es que se enfade, simplemente se enfurruña, se vuelve arisco como los gatos que ven llenar la bañera y se temen lo peor. No hay mucho que se pueda hacer, hay que dejarle su espacio o lo que sea, procurar no hacer chistes con esos días del mes y esperar que se pase. Al menos Dean solía esperar que se pasase. Lo hizo cuando era un crío con días herméticos, lo hizo cuando era un adolescente con meses herméticos y lo hizo cuando murió Jessica. No se le ocurrió que se pudiera sacar nada en claro de Sam Winchester en Modo Repelente.

Pero sí se puede. A veces, se puede.

No siempre, no es todas las veces que se enfada pero a veces, cuando se pone así, es que lo está pidiendo y a Dean se le vuela el cerebro sólo con pensar en dárselo.

Esta vez empieza un jueves. Sam se despierta antes y cuando Dean le pregunta en el desayuno si se le ha roto alguna tripa, contesta “no” con el lomo erizado y levantándose a por más café. Dean no dice nada porque Dean no es tonto y decir algo a esa hora de la mañana no parece buena idea. Deja pasar el día, con sus frases secas y sus monosílabos idiotas. Sam se queja de la tele, se queja del tiempo, se queja de lo cotillas que son las vecinas. Cuando Dean le da la razón en lo último, tuerce el gesto como si le pusiera enfermo oír su voz. No quiere que le den la razón y aunque pueda parecer lo contrario tampoco quiere pelea.

Quiere lo mismo que quieren los niños de tres años cuando se les antoja algún capricho, ver dónde está el límite. Notar dónde está el límite, eso es lo que quiere. Sam es dos metros de soberbia, testarudez y una admirable –a veces peligrosa- confianza en sí mismo. Pero a veces necesita que le digan “no, Sammy, eso no se hace”. No lo confesaría ni harto de tequila y Dean no necesita forzarle a hacerlo. A esta alturas del juego, los dos saben las reglas.

Dean le deja morderse la cola como un gato enfurecido durante un par de días y Sam se dedica a ser antisocial, darse contra las paredes de su frustración y luchar con fantasmas imaginarios. Probablemente se dedica a fustigarse por todas las vidas que no ha salvado y todos los Apocalipsis que ha provocado. Dos, tres días, hasta que se harta de estar insoportable y dar vueltas como un animal enorme en una jaula demasiado pequeña.

Al cuarto día el ambiente en la casa está tan enrarecido que se podría cortar la tensión con un serrucho. No se han peleado, no han discutido. El único incidente, en la cena. Dean ha hecho lo único que sabe hacer, lasagna. Sam le ha puesto mala cara.

-Te encanta la lasagna.

-Sabe rara.

Es la gota que colma el vaso de la paciencia de Dean. Se levanta, deja la cena en la mesa y se mete a la cama sabiendo que Sam le está buscando las cosquillas y se las acaba de encontrar. Sintiéndose vagamente frustrado y como siempre que están en este punto de la situación, tirando a empalmado. No es el único. Cuando Sam entra en la habitación sin encender la luz, se saca la camiseta y se quita los pantalones para meterse a la cama, Dean ve perfectamente su silueta en la ventana. Se le nota dura dentro de los calzoncillos. No del todo pero casi y la de Dean reacciona poniéndose alerta. Respuesta pauloviana incestuosa, hay que joderse. Sam se mete en la cama y tiene la desfachatez de pegarse a su cuerpo.

-¿Estás enfadado?

Es siempre igual. Una vez que Sam consigue romperle, sacarle de sus casillas y realmente enfadarle, entonces se le pasa automáticamente lo que sea que le ha estado rondando todos esos días. Pone esa voz de niño de cuatro años que tiene delito después de todo. Pregunta “¿Dean?” y Dean se da la vuelta, le hace una llave a oscuras, le atrapa bajo su cuerpo y le sujeta las manos sobre la cabeza. Le mataría en ese momento. Va a matarle, de hecho. Muy, muy despacio.

-Eres un crío insoportable, Sam.

Están los dos insosteniblemente rígidos y eso casi sin tocarse. Sólo frotándose con los calzoncillos puestos. Embestidas en seco, Sam se moja los labios, tiene los ojos brillantes, intenta zafarse pero suave: no quiere escapar. Repite “Dean” y no se sabe lo que está pidiendo, excepto que Dean lo sabe.

-Dean qué.

Le hace unas cuantas eses de saliva en el cuello, comiéndole la oreja hasta que le saca un maullido de esos que sólo le saca cuando ha estado una semana entera buscándole y por fin le ha encontrado. Está jugando a lo que no juega casi nunca, está jugando al hermano pequeño y Dean querría ser mejor persona y no caer en el juego pero cuando Sam le suplica –“¿me follas?”- nota que se le separa la tapa del cráneo de los sesos. Se le desboca el corazón en el pecho, querría arrancarle los labios de un beso.

-Sam, joder.

Sólo se pone así a veces (necesitado, caprichoso, hermano pequeño insoportable), muy pocas veces, pero Dean pierde el control cada vez. Cómo no va a perderlo si Sam le mira como con fiebre y le coge una mano para meterla dentro de su calzoncillo y guiarle mientras le masturba.

-¿No quieres? Dean, en serio, ¿no quieres follarme ya?

Le habla al oído, dejándose tocar, dos metros de hermano pequeño, de tentaciones horribles, de tantas cosas que no deberían hacer pero no van a dejar de hacer nunca. Dean, no necesito los dedos, te lo juro, fóllame ya. Dean le separa las piernas y piensa en algo horrible para no correrse porque cuando Sam se pone así, no puede, sencillamente, no puede. Te hago una mamada primero si quieres, Dean, una despacio, ¿quieres una lenta y con mucha saliva? Y luego me lo haces así, lleno de saliva, Dean, por favor, ¿no quieres?

La cosa es: que llevan quince años haciéndolo y Dean siempre tiene ganas y Sam nunca dice que no pero a veces, sólo algunas veces, Sam le hace sentir que o le folla su hermano el mayor o se va a morir de necesidad. Un tipo que ocupa cuatro estados él solito y puede destruir demonios sin abrir la boca, anclado a su espalda y a su oído, Dean, por favor, quiero correrme, por favor, me correré donde tú quieras pero por favor por favor Dean, Y esas veces, mecagüen Satanás, Dean se lo folla como si le fuera la vida en ello, haciendo que se sujete a la cama mientras se corre por primera vez y obligándole a empalmarse de nuevo para correrse por segunda vez sin que Dean la haya sacado.

Esas veces, cuando terminan, Sam se duerme incrustado en él, satisfecho como un bicho malo. Ronroneando de felicidad. Dean a veces le tira del pelo y le obliga a poner la boca para que se la coma. Sam ni siquiera trata de resistirse, se deja hacer en sus brazos y Dean se muere, se hunde, se desespera en la idea de que Sam le necesita así, tanto, siempre.

***

(continúa en el siguiente post)
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